El ministro de Educación galo, Édouard Geffray, ha salido esta semana con cara de quien acaba de descubrir que los adolescentes existen y ha anunciado que la nueva prohibición de teléfonos móviles empezará, si todo va como la seda burocrática, el primer día de curso. “Será el 1 de septiembre, palabra de ministro”, soltó mientras imaginaba a millones de chavales entregando sus cacharros como si fueran armas nucleares en una película de espías de los años cincuenta.
Porque sí, ya había una ley de 2018 que supuestamente vetaba los móviles en clase, recreo y hasta en el váter del instituto. El resultado ha sido tan eficaz como ponerle un candado a una puerta sin pared: cada colegio hace lo que le da la gana y los alumnos siguen tecleando debajo de la mesa como si les fuera la vida en ello. Ahora el Gobierno de Macron quiere subir la apuesta e impedir que los menores de quince años se enganchen a las redes sociales. La idea suena de maravilla hasta que Bruselas, los senadores, los diputados y media docena de comisiones empiezan a discutir si TikTok es más peligroso que Instagram o si hace falta permiso paterno para abrir una cuenta de Fortnite.
Mientras tanto, unos proponen distinguir entre plataformas “malísimas” y plataformas “más o menos malas”, como si las redes sociales fueran quesos con distinto grado de curación. Otros quieren regular el tiempo de uso durante las campañas electorales, porque nada espanta más a un político que un adolescente tuiteando en directo durante un mitin. Y el senador Rémi Cardon, que parece el único que ha hablado con un menor en los últimos cinco años, sugiere enseñar alfabetización digital en vez de esconder el problema debajo de la alfombra como un chicle usado.
En resumen: para septiembre es posible que los colegios franceses tengan que confiscar móviles, explicar a los padres cómo funciona una VPN y, de paso, decidir si un niño de catorce años puede ver memes con autorización firmada. Mientras llega ese glorioso día, los alumnos seguirán usando relojes inteligentes, calculadoras gráficas y cualquier cachivache que tenga pantalla. Porque, al final, la única prohibición que de verdad funciona es la que ellos mismos se saltan antes de que el ministro termine la frase.