Los líderes del Grupo de los Siete se reunieron el miércoles con cara de quien acaba de descubrir que los imanes no crecen en los árboles y acordaron dejar de depender tanto de Pekín para los minerales críticos. El plan suena épico sobre el papel: crear una plataforma, armonizar reservas y que la Agencia Internacional de la Energía haga de árbitro. En la práctica, es como si siete millonarios decidieran dejar de comprar el pan en la misma panadería porque el dueño les ha subido el precio dos veces.
Sin mencionar a China ni una sola vez, como si fuera el Voldemort de los metales raros, los mandatarios se comprometieron a reducir la dependencia de cualquier proveedor único por debajo del 60 % antes de 2030 y llegar al 50 % “lo antes posible”. O sea, dentro de una década si todo sale bien y no se pelean por quién pone el primer euro. De momento empezarán con litio y níquel, dos minerales que suenan muy científicos hasta que te das cuenta de que sin ellos no hay móviles, coches eléctricos ni imanes para neveras.
La idea es montar una especie de WhatsApp grupal de ricos para avisarse cuando alguien acapare cobalto o galio. La Agencia Internacional de la Energía se encargará de lanzar “alertas tempranas” cada vez que China estornude y suban los precios. Mientras tanto, los países del G7 tendrán que construir minas, refinerías y fábricas enteras desde cero, algo que, según los cálculos, costará miles de millones que nadie quiere poner pero todos quieren que salga bien.
En resumen: para dentro de siete u ocho años es posible que Occidente tenga sus propias minas de tierras raras gestionadas por comités, subcomités y plataformas interoperables. Hasta entonces, seguirán comprando a China mientras murmuran “esto es temporal”. Porque, al final, la única cosa más difícil que extraer litio sin depender de Pekín es conseguir que siete países ricos se pongan de acuerdo antes de que se acabe la década.