Las autoridades aeronáuticas rusas acaban de anunciar que, a partir del 20 de junio, cualquier avioneta ligera, ultraligera o drone que quiera sobrevolar Moscú y sus alrededores tendrá que hacerlo por encima de los 5.200 metros de altitud. Es decir, más alto que la mayoría de estas máquinas puede alcanzar sin que se les salten los tornillos o se queden sin oxígeno, como si de repente todos los aparatos tuvieran que sacarse el carné de piloto de combate.
La excusa oficial es la oleada de ataques con drones ucranianos que han estado fastidiando los nervios cerca de la capital. Pero la solución parece sacada de una película de ciencia ficción barata: si no puedes bajar la altura de los ataques, subes tanto la barra que ni los pájaros llegan. Los drones normales, esos que usan los aficionados para grabar bodas o espiar al vecino, se quedarán literalmente en tierra porque a esa altura se les congela la batería y se les cae el GPS.
Mientras tanto, los vuelos comerciales de pasajeros seguirán como si nada, porque claro, un Boeing no tiene problemas para subir hasta la estratosfera. Los rusos han decidido que la mejor defensa contra drones pequeños es convertir el espacio aéreo en una zona exclusiva para aparatos grandes y caros. Algo así como prohibir las bicis en la autopista porque hay atascos de camiones.
En resumen: a partir de la semana que viene, quien quiera espiar Moscú con un dron tendrá que alquilar un globo aerostático, un parapente de altura o directamente rendirse y comprar postales. Porque, al final, la única forma de volar por debajo de esa altitud será hacerlo desde el suelo… con los pies bien plantados y el mando a distancia apagado.