Imagina la escena: en el mismo césped donde Clinton firmó la paz de Oslo y Nixon se despidió llorando, ahora hay un ring de 600 toneladas llamado “La Garra” que parece sacado de una película de gladiadores baratos. Catorce luchadores de UFC se van a romper la cara mientras el presidente sopla las velitas entre dos roundhouses.
El evento, bautizado “UFC Libertad 250”, cuesta 60 millones de dólares y, según Trump, lo pagan los organizadores. Los críticos, en cambio, lo llaman “insensible” porque coincide con la guerra en Irán y el aumento del precio de la vida. Pero el magnate lo ve de otra forma: “Es el regalo perfecto para el pueblo americano… y para mí, que cumplo 80 tacos”.
Marco Rubio, que ya firmó un acuerdo con Dana White, asegura que lo verán “mil millones de personas”. O sea, casi tanta gente como la que finge que no ve cuando un familiar se pone a hablar de política en la mesa de Navidad.
Cuatro mil invitados presenciarán el espectáculo en directo, la mitad de ellos militares. Otros 125.000 verán la pelea en una pantalla gigante fuera de la Casa Blanca, como si fuera un concierto de reggaetón pero con más dientes en el suelo.
“The Claw” mide 47 metros de ancho y 28 de alto, más grande que la propia residencia presidencial. Trump sugirió incluso dejarla allí para siempre, como la Torre Eiffel. La Casa Blanca tuvo que aclarar rápido que el trasto se desmontará nada más termine el último golpe.
Los analistas dicen que este despliegue de testosterona en plena crisis económica y conflicto bélico es puro “Trump show”: ruidoso, caro y con dos tipos partiéndose la cara mientras el público aplaude. En resumen, un cumpleaños de ochenta años que parece organizado por un adolescente con presupuesto ilimitado y cero sentido del ridículo.
¿El resultado? Fuegos artificiales, gladiadores modernos y la Casa Blanca convertida en el mayor patio de recreo para adultos del planeta. ¡Feliz cumpleaños, señor presidente… y que no se rompa nadie la cadera antes de llegar al octógono!