El vicepresidente JD Vance anunció que el reloj de los 60 días de negociaciones con Irán ya está corriendo desde el jueves, como si hubiera activado un cronómetro nuclear en la Casa Blanca. Su plan es volar a Suiza este fin de semana para empezar las charlas técnicas, aunque advirtió que “Irán no es un país del que sea fácil salir”, como si los negociadores persas fueran adictos al duty free de Zúrich. El memorando firmado por Trump en Versalles y por el presidente iraní Pezeshkian ya está en marcha, pero con una condición muy yanqui: Estados Unidos no soltará ni un centavo para reconstruir Irán. Ese dinerito, hasta 300.000 millones de dólares, saldrá de las arcas de los países del Golfo… siempre que Teherán se porte bien, como un niño al que le prometen un videojuego si no rompe nada.
Mientras tanto, la Armada estadounidense levantó el bloqueo naval a los puertos iraníes y ya navegan 12 barcos por el estrecho de Ormuz, como si el grifo del petróleo se hubiera abierto de golpe en una gasolinera en rebajas. Trump exigió alto el fuego total en todos los frentes, incluyendo Líbano e Israel, aunque parece que nadie le pasó el mensaje a Netanyahu. El líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei, ya dejó claro que él tiene “una opinión diferente”, como el tío que firma el acuerdo de divorcio pero luego dice que en realidad nunca estuvo casado.
En resumen: Estados Unidos ha empezado a contar los días para un acuerdo que nadie sabe si se cumplirá, con un vicepresidente que viaja sin chequera y un ayatolá que ya avisó que no le gusta el guion. Oriente Medio sigue siendo el mismo caos de siempre, pero ahora con cuenta atrás incluida y los vecinos del Golfo invitados a pagar la cuenta. ¡Qué generosos cuando no les queda más remedio!