Antes de que el Mundial 2026 convierta otra vez a la Ciudad de México en el epicentro del futbol planetario, vale la pena recordar cómo la capital ya vivió este mismo guion de expectación y preparativos en dos ocasiones anteriores, aunque con tecnología menos sofisticada que un celular con filtro de selfi.
En 1970, el optimismo flotaba como humo de asador. Dos años después de los Olímpicos, la ciudad decoraba escaparates con banderas y exhibía televisores a color que atraían multitudes como si fueran platillos voladores. Pelé era trending topic en periódicos y radio, mientras el país se preparaba para ser observado por millones. El ambiente festivo contrastaba con el recuerdo del 68, pero el Mundial avanzó sin que nadie confundiera las prioridades.
Ocho meses después del terremoto de 1985, México 86 llegó como prueba de resiliencia. La mascota Pique invadía anuncios, los álbumes Panini desaparecían de los puestos y el Estadio Azteca, intacto, se volvió símbolo de que la ciudad seguía de pie. Turistas y periodistas llegaron, el ánimo cambió y el torneo demostró que México podía organizar eventos globales incluso después de una catástrofe.
Hoy, a diez días del inicio, las pantallas digitales y redes sociales reemplazaron los aparadores de televisores, pero la mezcla de nervios y emoción persiste. La capital se alista para escribir otro capítulo de su historia mundialista, esta vez con más megabytes que en los setenta y ochenta.