Donald Trump, en plena euforia arancelaria desde la Oficina Oval, anunció que analiza gravar las lechugas mexicanas por un brote de ciclosporiasis que, según él, amerita castigar a todo un país. Entre risas propuso tarifas también para el humo canadiense, como si el comercio internacional fuera un menú de restaurante con extras mal cobrados. La idea suena tan sensata como multar a las nubes por llover fuera de horario.
La Secretaría de Salud mexicana, sin embargo, actuó con la precisión de un cirujano que revisa cada costura antes de cerrar. El 23 de julio, Cofepris reportó que las diez muestras analizadas mediante PCR en tiempo real dieron negativo para Cyclospora cayetanensis. Entre el 18 y el 20 de julio, inspectores recorrieron la planta de Taylor Farms México junto con personal de Epidemiología y Senasica, revisando lechugas, agua y controles de inocuidad. Todos los parámetros microbiológicos y fisicoquímicos cumplieron la norma. Nadie detectó casos de diarrea entre trabajadores ni brotes locales.
La FDA terminó reconociendo que su detección inicial fue un falso positivo. La señal genética no correspondía al parásito, por lo que no existe prueba confirmatoria alguna. Taylor Farms realizó un retiro voluntario por precaución y recibió disculpas de la agencia. Mientras tanto, Senasica reforzó vigilancia con productores y mantuvo activa la trazabilidad para exportaciones y mercado interno. El escándalo mediático, que prometía una crisis diplomática, se redujo a una alerta exagerada que México resolvió con datos, no con tuits.
Al final, el arancel propuesto parece más un chiste de sobremesa que una política seria. México sigue exportando lechuga limpia mientras otros cuentan humo.