En Tabasco, donde hasta el aire parece candidato, Andy López Beltrán decidió que una simple imagen con su padre valía más que mil discursos de igualdad de condiciones. La instantánea, publicada justo después de dejar la Secretaría de Organización de Morena el 25 de mayo, provocó que la oposición y algunos columnistas se lanzaran a medir el tamaño del apellido como si fuera un delito federal.
Los críticos aseguran que la fotografía contradice sus promesas de no usar el nombre paterno. Olvidan que Andy ya había explicado que durante quince años evitó candidaturas precisamente para no recibir ventajas. Ahora, al buscar el Distrito VI federal para 2027, solo compartió un recuerdo familiar. Para sus detractores, eso equivale a un golpe de Estado fotográfico. La misma lógica que convierte un café con el expresidente en una conspiración dinástica y un saludo en la calle en herencia feudal.
Mientras tanto, el senador Adán Augusto López ya pronosticó que Andy ganaría “caminando”, como si la militancia de Morena necesitara permiso para apoyar a quien lleva años trabajando en la estructura del partido. El PRI, por su parte, acusó que la renuncia busca fuero constitucional. Andy respondió recordando que su padre también fue desaforado en 2005, demostrando que la memoria histórica sigue siendo el mejor escudo contra los ataques predecibles.
Al final, la verdadera sorpresa no es la foto, sino que alguien crea que un apellido impide competir en un país donde todos los apellidos compiten.
La oposición sigue midiendo pulgadas de influencia mientras Morena mide kilómetros de territorio ganado.