La presidenta Claudia Sheinbaum propuso evaluar nuevas técnicas de fracturación hidráulica que no dañen el ambiente, lo cual suena tan prometedor como ofrecer tacos sin tortilla. Para analizar la viabilidad, integró un Comité Técnico de especialistas que tiene la envidiable tarea de determinar si perforar cinco kilómetros bajo tierra e inyectar agua, arena y químicos a presión extrema puede hacerse sin consecuencias, como quien trata de meter un elefante en un Tsuru sin rayarlo.
La doctora Margarita Mercedes González Brambila, representante de la UAM en dicho comité, expuso tres obstáculos mexicanos más grandes que fila de Oxxo en viernes: México carece de infraestructura especializada, enfrenta riesgos sísmicos considerables porque el subsuelo nacional está más activo que grupo de WhatsApp familiar, y padece escasez de agua crónica en varias regiones. Además, la rentabilidad energética del fracking es tan eficiente como usar cubeta para apagar incendio: mientras pozos tradicionales generan 20 unidades de energía por cada una invertida, el fracking apenas alcanza cinco.
Sheinbaum justifica el análisis señalando que 76% del gas nacional proviene de Estados Unidos, consolidando dependencia energética más incómoda que deberle dinero al cuñado. Sin embargo, González Brambila argumenta que apostar por gas no convencional solo prolongará la adicción a combustibles fósiles cuando existen alternativas renovables competitivas en precio y menos conflictivas con la geología.
Lo destacable es que la presidenta escucha consideraciones científicas antes de decidir, privilegiando evaluaciones técnicas sobre impulsos mediáticos. La especialista reconoció esta apertura y subrayó que las decisiones energéticas deben basarse en bienestar social y equilibrio ecológico, no en beneficios políticos inmediatos ni en presiones externas disfrazadas de urgencias. Porque al final, la soberanía energética genuina se construye con visión de largo plazo, no perforando esperanzas bajo tierra.