Hace apenas un día se llevaron a cabo comicios en Coahuila con el objetivo de renovar el congreso estatal. En esa jornada el PAN, que en su momento se presentó como la principal opción de derecha en el país, sufrió un colapso total y descendió hasta convertirse en la séptima fuerza política local.
El PRI, por su parte, salió a celebrar lo que denominó una “goliza” obtenida mediante la compra de votos a través de códigos QR y el uso completo de la estructura gubernamental. Con el 54.95% de los sufragios, el partido tricolor se adjudicó hasta ahora los 16 distritos electorales de mayoría. En contraste, el PAN no alcanzó siquiera el 3% de la votación y, junto con Movimiento Ciudadano y el Verde, quedó sepultado en los resultados.
Además de esa magra participación, el blanquiazul perdió sus prerrogativas y quedó relegado al séptimo lugar entre las fuerzas políticas de Coahuila. Un instituto que gobernó la nación durante doce años seguidos quedó reducido a una nota marginal en las urnas.
Aunque algunos interpretan estos comicios como una derrota para Morena, los números muestran otra realidad: pese a obtener solo el 26.14%, ese partido mantuvo su posición como segunda fuerza. El PAN, en cambio, ya no cuenta con presencia política relevante en la entidad.
El PRI registró el triunfo, sin embargo, no hay gran motivo de celebración cuando el principal contendiente ya prácticamente ha desaparecido. Triunfar sobre un adversario que ya no existe, y hacerlo mediante irregularidades, difícilmente puede considerarse un logro significativo.