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Internacional

¡El heredero del bolsonarismo se queda sin curul y con grilletes a la vista!

16/06, 16:55:26, 1.png

Resulta que la Corte Suprema de Brasil decidió esta semana que Eduardo Bolsonaro, el retoño de 41 años del expresidente Jair, se ha pasado de listo al intentar que Donald Trump le metiera la mano al país para salvar a papá de una condena por golpismo. El juez Alexandre de Moraes lo sentenció a cuatro años y dos meses de prisión en régimen semiabierto, más ocho años de inelegibilidad, por “coacción” contra la justicia. Traducido al lenguaje de la calle: el muchacho fue a Washington a hacer lobby contra su propia patria como quien va al mercado a comprar cebolla.

La historia suena a telenovela de las cinco de la tarde, pero con más dólares y menos besos. Jair Bolsonaro ya está cumpliendo 27 años de cárcel (aunque ahora los pasa en casa por “motivos de salud”, como quien pide reposo por resfriado después de intentar un autogolpe). Eduardo, mientras tanto, se reunió con funcionarios de Trump, consiguió aranceles del 40 % contra productos brasileños y hasta logró que sancionaran al propio juez Moraes. Todo para que el juicio de su padre terminara “como él quería”. Cuando el plan se derrumbó, los aranceles se retiraron tras un café entre Lula y Trump, y ahora la relación entre Brasilia y Washington vuelve a estar más tensa que final de clásico entre Flamengo y Vasco.

Los cuatro jueces que votaron en contra no tuvieron piedad: “No es función de un diputado federal brasileño hacer lobby en el exterior contra su propio país”, sentenció Moraes. Eduardo, por su parte, ya no tiene escaño desde diciembre porque simplemente dejó de aparecer por la Cámara, como el alumno que falta a clase esperando que el profesor se olvide de él.

El líder bolsonarista Sóstenes Cavalcante ya salió a decir que “la oposición está siendo cazada”. Claro, como si intentar que un país extranjero sancione al tuyo fuera un acto de patriotismo. Mientras tanto, el otro hermano, el senador Flávio Bolsonaro, sigue visitando la Casa Blanca y soñando con la presidencia de octubre. La familia parece decidida a convertir la política brasileña en un reality show donde cada capítulo termina con alguien esposado o sancionado.

Al final, Eduardo se queda sin curul, sin inmunidad y con una condena que, si se confirma, le va a enseñar que hacer de mensajero de papá ante potencias extranjeras puede salir más caro que una multa de tránsito en São Paulo. Brasil, por ahora, sigue sin necesitar que le dicten la sentencia desde Washington.