En la Ciudad de México, una fotografía de Jesús Ernesto López Gutiérrez junto al chef Salt Bae en la inauguración de Nusr-Et bastó para que varios comentaristas declararan el fin de la austeridad republicana. El restaurante de cortes premium y láminas de oro comestible se convirtió, en cuestión de horas, en el nuevo símbolo de la decadencia familiar según quienes miden la integridad política por el precio del bistec.
Las imágenes, difundidas por el periodista Jorge García Orozco, muestran al hijo menor del expresidente en un evento privado de apertura. Los precios del menú —desde mil pesos por porción hasta cuatro mil por un Tomahawk— fueron presentados como prueba irrefutable de contradicción ideológica. Nadie mencionó que asistir a la inauguración de un restaurante internacional no constituye todavía un delito fiscal ni una traición a los principios de la Cuarta Transformación. El escándalo creció cuando se recordó que, a finales de mayo, el mismo periodista publicó fotos de José Ramón López Beltrán en un departamento de La Vela Puerto Cancún valuado entre 30 y 40 millones de pesos, vinculándolo además a una venta de terreno a Grupo Vidanta.
La reacción en redes fue predecible: convertir una comida y una propiedad en evidencia de hipocresía mientras se ignora que ambos jóvenes mantienen perfiles discretos desde hace años. La supuesta novia de Jesús Ernesto, Ivanna Isa, también fue arrastrada al debate tras un video en TikTok que ya no existe. Todo indica que la verdadera falta no es cenar carne cara, sino permitir que el apellido siga generando clics sin que medie ningún acto de gobierno irregular.
Al final, el único lujo que realmente molesta a algunos es que la familia López Obrador siga existiendo sin pedir permiso para hacerlo.