El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva se limitó a soltar un “¿quién es ese tipo?” cuando le preguntaron por las burradas que le dedicó Javier Milei el sábado en São Paulo. Lo dijo con la cara de quien acaba de oír a un vecino borracho gritarle desde la vereda de enfrente y decide seguir tomando mate en paz.
Milei había ido a Brasil a apoyar la candidatura de Flávio Bolsonaro y, fiel a su estilo de vendedor de electrodomésticos estropeados, llamó “presidiario” a Lula, le espetó “basura calva” al juez Alexandre de Moraes y mandó a freír espárragos a todos los “zurdos de mierda” que se le pusieron por delante. Un numerito digno de un programa de variedades mal pagado.
Las autoridades brasileñas, que ya estaban hartas de los numeritos del argentino, decidieron que esta vez sí había cruzado todas las líneas rojas posibles, incluidas las que separan la diplomacia de una pelea de borrachos en la puerta de un boliche. Por eso convocaron al embajador argentino en Brasilia para entregarle la queja formal y, de paso, llamaron a consultas al jefe de la misión brasileña en Buenos Aires.
Lula, mientras tanto, esperaba tranquilo la llegada del presidente de Corea del Sur como si nada. Al fin y al cabo, para él Milei es solo otro gritón más que pasa por la tele y desaparece cuando uno cambia de canal. La crisis diplomática ya está servida, pero el brasileño parece más preocupado por el café que por las pataletas del vecino del otro lado del río.