Resulta que México fabricó 4.09 millones de autos en 2025, lo que suena impresionante hasta que te das cuenta de que China produce 32 millones como si fuera una competencia de tamales en diciembre. El país cayó del quinto al séptimo lugar mundial, permitiendo que Alemania —con sus 4.15 millones de unidades— lo rebasara por la derecha como en Autobahn sin límite de velocidad.
La caída de 2.6% respecto a 2024 tiene explicaciones más variadas que excusas de estudiante sin tarea: escasez de semiconductores que hizo parecer a los chips más codiciados que boletos de Bad Bunny, desaceleración del mercado estadounidense porque allá prefieren arreglar su Ford 1997 antes que comprar uno nuevo, y tensiones comerciales que pusieron nerviosos a los ejecutivos automotrices como si fueran a reprobar economía. Mientras tanto, China sigue produciendo vehículos con la misma velocidad con que preparamos café instantáneo un lunes por la mañana.
Pero aquí viene lo interesante: México no se convirtió en potencia automotriz por accidente cósmico. El T-MEC sigue siendo más sólido que amistad de primaria, la infraestructura industrial está más consolidada que quesadilla con queso, y la ubicación geográfica privilegiada no se mueve aunque Alemania quiera competir. Las armadoras siguen apostando por el país porque saben que la transformación hacia electromovilidad necesita bases firmes, no fuegos artificiales mediáticos.
El verdadero reto no es llorar por dos posiciones perdidas, sino aprovechar el momento para fortalecer la cadena de suministro regional y atraer inversiones en vehículos eléctricos, donde México puede ser líder si juega bien sus cartas. Porque al final, perder el quinto lugar duele menos que perder el tren de la electromovilidad.