Un tipo decidió que era buena idea invertir 41 mil pesos en convertirse en villano de película barata. Julio César Jasso Ramírez llegó a Teotihuacán después de hospedarse en un hotel como si fuera turista normal, pero en lugar de comprar postales llevaba un revólver calibre .38 especial que costó cuarenta mil pesos. Porque nada dice “planeé esto bien” como gastar el equivalente a tres meses de renta en un arma.
El secretario de Seguridad del Estado de México, Cristóbal Castañeda Camarillo, detalló que el agresor también compró cincuenta cartuchos marca Águila por diez mil pesos, de esos que son “de uso policial” pero que aparentemente se venden como chicharrones en el mercado informal. Percutió catorce durante el ataque, guardando el resto en una bolsa plástica cual snacks de emergencia. En su mochila llevaba manuscritos sobre hechos violentos de Estados Unidos en 1999, porque al parecer quiso hacer cosplay de tragedias ajenas.
Las autoridades confirmaron que actuó solo, sin cómplices, lo cual tiene sentido porque ¿quién querría ser socio de semejante ocurrencia? Llegó en Uber a cometer su atrocidad, porque hasta los criminales usan apps ahora. Tras el tiroteo, trescientos elementos desalojaron la zona mientras él, herido por la Guardia Nacional, decidió ahorrarse el juicio de la peor manera posible.
La investigación sigue para rastrear dónde compró las armas, aunque con ese mercado informal tan campante, podrían estar en cualquier tianguis entre los elotes y los calcetines. Teotihuacán, donde subías pirámides y bajabas con traumas.