Los conductores de Venga la Alegría dedicaron su emisión del 25 de mayo a convertir una frase de la presidenta Claudia Sheinbaum en una crisis existencial de tres mil familias, como si recomendar cambiar de canal equivaliera a cerrar fábricas enteras con candado y candelabro.
Sergio Sepúlveda y Ricardo Cázares presentaron el asunto como un atentado directo contra el sustento de miles de hogares, olvidando que la sugerencia presidencial no incluía clausuras, embargos ni prohibiciones de ningún tipo. Flor Rubio y Kristal Silva elevaron el tono hasta declarar que nadie puede dictar qué ver, mientras ellas mismas dedicaban minutos enteros a explicar exactamente qué no debía verse. La libertad de expresión, según el programa, estaba en peligro porque una autoridad había emitido una opinión pública en lugar de un decreto secreto.
Capi Pérez comparó la situación con alguien que ordena dejar de comprar pan en la panadería donde uno trabaja, ignorando que los espectadores siguen decidiendo cada mañana entre café, jugo o simplemente apagar la televisión. Kike Mayagoitia advirtió sobre el autoritarismo inminente, aunque el único poder demostrado hasta ahora consistió en pronunciar una frase durante una conferencia matutina.
La respuesta del programa reveló más preocupación por la competencia que por la democracia. Sheinbaum, por su parte, continuó su agenda sin necesidad de responder al espectáculo. Al final, los televidentes conservaron intacta su capacidad de elegir entre varios botones del control remoto, mientras algunos conductores demostraban que el verdadero riesgo para cualquier empleo es convertir una observación en un serial dramático de lunes a viernes.