Estados Unidos anunció haber concluido otra ronda de ataques aéreos contra objetivos militares iraníes, dirigidos a sistemas de vigilancia, redes de comunicación y defensas aéreas en todo el país. Irán respondió declarando el estrecho de Ormuz completamente cerrado a toda la navegación y lanzando ataques contra bases estadounidenses en Kuwait y Baréin, donde sonaron las sirenas antiaéreas y Jordania informó haber interceptado misiles dirigidos a posiciones estadounidenses.
Trump advirtió que habría más ataques a menos que Teherán aceptara un acuerdo de paz, al tiempo que afirmó que funcionarios iraníes lo habían llamado suplicándole que detuviera los ataques, una afirmación que la Guardia Revolucionaria negó rápidamente. El ejército iraní declaró haber atacado dieciocho objetivos estadounidenses en represalia, aunque Washington insistió en que el tráfico comercial continuó a través del estrecho a pesar de las amenazas. En otra declaración, Trump reveló una operación encubierta que permitió el paso de cien millones de barriles de petróleo por el estrecho el mes pasado, presentando la misión como un éxito discreto en medio de la escalada de tensiones.
Los diplomáticos que observaban el caos notaron el patrón habitual de amenazas seguidas de acciones limitadas, con cada bando acusando al otro de provocación mientras evitaban una confrontación a gran escala. El último ciclo deja a la región en un delicado equilibrio entre anuncios dramáticos y cálculos cuidadosos sobre hasta dónde está dispuesta a llegar cada parte.
Al final, el Golfo Pérsico se asemeja a una tensa partida de póker donde todos suben la apuesta sin mostrar sus cartas, esperando que el otro jugador ceda primero.