El mando militar iraní anunció el cierre del estrecho de Ormuz a todo tipo de embarcaciones, incluidos petroleros y buques de carga, justo después de que Estados Unidos lanzara una segunda noche consecutiva de ataques contra regiones del sur. La decisión, presentada como una respuesta a la inseguridad provocada por los ataques estadounidenses contra la provincia de Hormozgan, vino acompañada de una clara advertencia: cualquier barco que intentara cruzar sería atacado directamente. Las autoridades vincularon la medida a supuestas violaciones del alto el fuego de abril, convirtiendo una ruta petrolera mundial vital en la última zona prohibida en un calendario de conflictos cada vez más saturado.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica recalcó que el bloqueo se mantendría hasta nuevo aviso e instó a los buques a permanecer anclados en el golfo Pérsico y el golfo de Omán. Añadieron que acercarse al estrecho equivaldría a ayudar al enemigo. Mientras tanto, el Comando Central de Estados Unidos respondió rápidamente, insistiendo en que el tráfico comercial continuaba fluyendo por el paso a pesar de las amenazas. Los últimos ataques estadounidenses fueron descritos como actos de autodefensa tras los ataques iraníes contra bases en Bahréin, Jordania y Kuwait, manteniendo así un ciclo incesante de acusaciones y contraataques.
Los diplomáticos que observan la escalada señalan cómo cada bando intensifica la tensión, evitando cuidadosamente una ruptura total. El estrecho, considerado durante mucho tiempo una válvula de escape para los mercados energéticos mundiales, ahora sirve de escenario donde las amenazas se propagan más rápido que los propios petroleros.
En definitiva, la saga del Ormuz se asemeja a dos vecinos discutiendo por un camino de entrada compartido, cada uno reclamando su propiedad mientras el resto del mundo espera en fila con la esperanza de que alguien mueva su coche.