El Congreso brasileño dio un paso importante hacia la reducción de la edad de responsabilidad penal de 18 a 16 años, aprobando la medida en comisión por 44 votos a favor y 18 en contra, a pesar de la oposición del gobierno del presidente Lula. La propuesta, respaldada por su rival conservador Flávio Bolsonaro, llega cuatro meses antes de las elecciones de octubre, donde la inseguridad figura entre las principales preocupaciones de los votantes, con un reciente sondeo que muestra un 90% de apoyo público. El cambio pondría fin al régimen especial para menores que actualmente limita la detención a tres años para delitos graves cometidos por jóvenes de entre 16 y 18 años.
Los partidarios argumentan que las normas actuales permiten que los adolescentes se escuden en su edad para cometer actos brutales, alegando que la impunidad fomenta la participación juvenil en el crimen organizado. Flávio Bolsonaro celebró la medida en redes sociales, declarando el fin de la tolerancia hacia los jóvenes infractores. La medida aún enfrenta múltiples obstáculos legislativos en un Congreso dominado por los conservadores. El Ministerio de Derechos Humanos de Lula la calificó de ineficaz y contraria a las normas internacionales, mientras que la diputada de izquierda Talíria Petrone señaló que la reincidencia en centros de menores se mantiene en torno al 14%, frente a casi el 50% en prisiones para adultos, lo que sugiere que la reforma ofrece una falsa sensación de seguridad. Expertos legales advierten que la propuesta podría violar las cláusulas fundamentales e inmutables de la Constitución que protegen a los menores.
El debate se tornó aún más polémico cuando Flávio elogió a Washington por catalogar a las mayores bandas criminales de Brasil como organizaciones terroristas, una medida que Lula rechazó. Toda la discusión se asemeja a adultos intentando entregar las llaves del coche a adolescentes mientras insisten en que sigan usando las rueditas de apoyo.
Al final, la reforma convierte la justicia penal en un juego de números donde la edad se convierte en una estadística más, dejando a todos preguntándose si el verdadero problema reside en los menores o en los adultos que dictan las normas.