Con el 98,22 % de las actas revisadas, la hija del expresidente Alberto Fujimori se mantiene por delante de Roberto Sánchez con una ventaja de apenas 900 votos sobre más de 18 millones. Es decir, la diferencia es más pequeña que la que hay entre pedir una causa y que te la traigan sin ají. Fujimori suma el 50,003 % y Sánchez el 49,997 %. Un suspiro, un estornudo o un voto en el extranjero pueden cambiarlo todo.
Los sufragios llegados desde Estados Unidos y Japón le están dando el empujoncito a Keiko, como si los peruanos en el extranjero hubieran decidido jugar a “quién llega primero al baño del avión”. Mientras tanto, la ONPE advierte que el conteo final podría tardar hasta fin de mes porque hay casi 480.000 actas impugnadas. O sea, en Perú las elecciones se resuelven más despacio que una discusión de pareja sobre quién dejó la tapa del inodoro levantada.
Keiko, ya en su cuarto intento presidencial, salió a pedir calma y reflexión, como la tía que te dice “no te alteres” mientras ella misma está sudando. Sánchez, por su parte, mantiene la serenidad de quien sabe que todavía falta medio mes de recuento y que cualquier cosa puede pasar, incluso que el voto de un peruano en Tokio termine decidiendo quién gobierna en Lima.
La misión de la Unión Europea ya declaró que la segunda vuelta fue “tranquila y ordenada”, lo cual en un país donde las campañas parecen telenovelas de odio es como decir que el ceviche estaba “regularcito”. El ganador tomará posesión el 28 de julio y gobernará cinco años, tiempo más que suficiente para que el perdedor monte otra candidatura y el país vuelva a vivir otro empate épico.
En resumen: Perú está decidiendo su futuro con la precisión de un reloj que atrasa, y Keiko Fujimori sigue liderando por un margen que cabría en un vaso de chicha. Si esto sigue así, al final el que gane será el que menos se haya equivocado al marcar la papeleta.