En un nuevo capítulo de la telenovela “Yo soy más macho que tú”, el presidente francés Emmanuel Macron ha recordado a Donald Trump que Europa no es el patio trasero de la Casa Blanca. Todo empezó cuando Trump, desde su cuenta de redes como si estuviera en un bar de mala muerte, soltó la bomba: si Francia no retira ese impuesto del 3% a las tecnológicas yanquis, él pondrá un arancel del 100% al vino y al champán francés. O sea, básicamente amenazó con convertir el Burdeos en un artículo de lujo solo apto para jeques.
Macron, que estos días juega de anfitrión en la cumbre del G7 en Evian (sí, la del agua que todo el mundo confunde con la de las botellas), contestó con la elegancia de quien te dice que te vayas a la mierda pero con corbata. “Así no funcionan las cosas”, soltó en la tele francesa, recordando que hace nada habían firmado un acuerdo de aranceles tras meses de tira y afloja. Ahora pedía estabilidad, como cuando tu vecino del quinto te jura que no volverá a poner reggaetón a las tres de la madrugada y ya estás oyendo los graves.
Trump, por su parte, se puso en plan ultimátum de película de acción barata: “Le dije a Macron que no cobrara impuestos a las empresas americanas, y si lo hace, me veré obligado a cargarme todos los champanes y vinos de Francia”. Según él, lo único que tiene que hacer el francés es quitar el impuesto y todo el mundo feliz. Traducción: “O haces lo que yo digo o te quedas sin tinto para las cenas románticas”.
Macron no se amilanó. Repitió lo que ya saben hasta los taxistas de París: los aranceles no benefician a nadie, sobre todo cuando los aplicas entre países del G7. Y añadió la frase que más le dolió a Trump: “Estados Unidos no impone las leyes a los europeos ni a los franceses”. Y remató con un “No cambiará, al menos mientras yo esté aquí”, que en versión de patio de colegio se traduce como “tú no mandas en mi recreo”.
El impuesto digital francés, que también tienen España, Italia y otros, grava con un 3% los ingresos de Google, Facebook y compañía cuando venden publicidad o servicios en Francia. Trump lo ve como un ataque directo a las tecnológicas americanas. Los europeos lo ven como “pagar impuestos donde se consume, no donde se factura”. El resultado: una bronca que puede dejar el vino francés más caro que el caviar en Estados Unidos, que resulta ser el mayor comprador de Burdeos y champán del planeta (2.400 millones de euros al año). Imagínate a los californianos teniendo que elegir entre un Cabernet de 80 dólares o beber agua del grifo.
En resumen: dos presidentes adultos discutiendo como críos en el patio del colegio sobre quién cobra impuestos a quién, mientras el resto del mundo se pregunta si al final habrá que empezar a beber cerveza alemana para no pagar la factura. Como siempre, el que acaba pagando es el que solo quiere un vasito de tinto sin política.