En el Perú de las elecciones más apretadas de la historia, el recuento de votos impugnados avanza más lento que una tortuga con resaca. La derechista Keiko Fujimori, que ya va por su cuarto intento de llegar a Palacio, recuperó la mínima ventaja con un 50.051% frente al 49.949% del izquierdista Roberto Sánchez. La diferencia es de apenas 18.400 votos, o sea, menos gente de la que se junta en una cola para comprar pollo a la brasa un domingo.
El jurado electoral empezó a revisar las papeletas cuestionadas del balotaje del 12 de abril y advierte que esto puede durar días o semanas. Mientras tanto, los seguidores de Sánchez salen a marchar por Lima gritando “defendamos el voto del pueblo”, como si estuvieran defendiendo la última botella de cerveza en una fiesta que ya se acabó. Las protestas, por ahora, van tranquilas, sin romper ni un semáforo.
Sánchez, que viaja con el apoyo espiritual del expresidente Pedro Castillo (aquel que intentó cerrar el Congreso y acabó con once años de condena), se fue a Cusco a recargar baterías. Desde un balcón en Combapata soltó que tiene “sospechas” sobre el conteo y que están “luchando democráticamente con la fuerza del voto”. También pidió anular 400.000 votos del extranjero por supuestas irregularidades, pero las autoridades le respondieron con un “ni lo sueñes”.
Del otro lado, Keiko anunció que se fue al extranjero por un “asunto estrictamente personal” y que sigue conectada con su equipo como si estuviera dirigiendo una operación desde el baño del avión. Los observadores de la OEA y la Unión Europea ya dijeron que las elecciones fueron normales y que hay que esperar con paciencia, pero en el Perú eso suena como pedirle a un hincha de fútbol que no insulte al árbitro.
Los mercados, mientras tanto, respiraron aliviados tras el susto inicial de que llegara el candidato de izquierda y empezara a tocar las cuentas de los inversionistas. Porque nada genera más pánico en la bolsa que la posibilidad de que alguien quiera redistribuir algo.
En resumen: dos candidatos que se miden con la precisión de un carnicero contando gramos de carne, un país esperando el resultado como si fuera el final de una telenovela de horario estelar, y 18.400 votos que valen más que la herencia de un tío rico. Al final, gane quien gane, el que pierde siempre es el mismo: el peruano que solo quiere que le bajen el precio del gas y que no le cambien las reglas cada cinco años.