Después de que Estados Unidos e Irán firmaran un acuerdo marco para dejar de tirarse misiles como niños en el patio, las grandes empresas navieras de Asia y Europa han reaccionado con el entusiasmo de quien te invita a volver a una fiesta donde te pegaron una paliza la semana pasada. O sea, “gracias por el mensaje, pero esperaremos a ver si hay minas, si el seguro baja y si no hay nadie escondido detrás de una boya con malas intenciones”.
Los precios del petróleo bajaron casi un 5% solo con la noticia, como si el mercado fuera un tío que se relaja en cuanto le dicen que ya no le van a romper la cara. Sin embargo, los armadores no están para fiestas. La asociación BIMCO ha dejado claro que el paso sigue pareciéndoles “muy arriesgado” y que las minas siguen siendo su mayor preocupación, como si el estrecho fuera un campo de minas lleno de billetes de 100 dólares. Maersk ha dicho que “es demasiado pronto” para cambiar nada. Nippon Yusen y MOL han respondido con un “esperemos un poco más, gracias”. Y Hapag-Lloyd ha sido la más optimista: cree que sus barcos podrían cruzar “esta misma semana”, siempre que no exploten.
De momento, solo un metanero indio ha cruzado el estrecho desde que se anunció el acuerdo. El resto de los 155 petroleros que hay dando vueltas por el golfo Pérsico siguen esperando como si estuvieran en la cola del supermercado y no supieran si el cajero va a aceptar la tarjeta. Los analistas calculan que, en el mejor de los casos, el atasco se resolverá en 8 o 10 días… pero volver a los volúmenes normales de antes de la guerra es “una historia para 2027”, siempre y cuando nadie vuelva a tener una idea brillante.
En resumen: dos países firman la paz, el mundo respira aliviado, el petróleo baja de precio y las navieras siguen mirando el estrecho como si fuera un barrio conflictivo al que solo entras si te pagan extra, te dan chaleco antibalas y te prometen que no hay minas. Porque en el transporte marítimo, como en la vida, la confianza se pierde en dos segundos y se recupera en varios años… o nunca.