Donald Trump aterrizó en Evian-les-Bains con cara de quien acaba de ganar el premio al mejor negociador del barrio y soltó la bomba: “Rusia tiene que firmar la paz ya, que estoy hasta los mismísimos de ver morir chavales”. Dijo que había resuelto ocho guerras antes de desayunar y que esta, la de Ucrania, se le estaba resistiendo como un filete de potro en una barbacoa de pueblo.
La cumbre del G7 parecía más una comida de Navidad con cuñados que una reunión de líderes mundiales. Zelenski llegó con la misma energía que el que intenta vender un coche de segunda mano: “Mira, la cosa va mejor, danos más misiles y verás”. Los europeos, con Macron al frente, intentaban convencer a Trump de que ahora Ucrania tiene ventaja como si le explicaran las reglas del mus a alguien que solo sabe jugar al parchís.
Trump, entre sorbo y sorbo de agua mineral francesa (que seguro que echaba de menos un Coca-Cola bien fría), soltó la perla: “He resuelto ocho guerras. Esta era la fácil”. Los presentes se miraron como quien ve a su suegro explicando cómo se arregla el mundo con un destornillador y dos chistes verdes.
Mientras tanto, el acuerdo con Irán parecía sacado de una serie de sobremesa: 60 días para negociar, uranio por aquí, misiles por allá, y el estrecho de Ormuz abierto el viernes como si fuera el mercadillo de los domingos. Macron pedía un pacto “serio y sólido”, que en traducción libre significa “por favor, que no nos la líen otra vez”.
Zelenski, por su parte, se ofreció a reunirse con Putin en la cumbre. Putin respondió que solo si la reunión era en Moscú, como el típico que solo queda en su casa porque “tengo la Play enchufada”. Los europeos, cansados de tanto tira y afloja, ya empiezan a hablar de “redoblar el apoyo” como quien dice “vamos a poner otra ronda que esto se pone interesante”.
En resumen: un montón de presidentes, diplomáticos y promesas que suenan a anuncio de telenovela de sobremesa. Trump promete paz, Europa pide misiles, Irán negocia uranio y todo el mundo finge que esto va a terminar antes de que se enfríe el café.
¿El resultado? Otro capítulo más de “El G7 y sus cuñados”, con la misma calidad que una final de Eurovisión pero sin canciones.