¡Atención, camaradas! El primer ministro Manuel Marrero se plantó en el Parlamento y soltó 176 propuestas para convertir la isla en un bazar capitalista de manual. Después de 70 años de “todo para el pueblo”, ahora resulta que el pueblo podrá tener empresa con más de cien empleados, acciones, cuentas en dólares y hasta dos o tres negocitos a la vez. ¡Menudo revolcón histórico!
Entre las joyitas que se anunciaron está la transformación de las empresas estatales en sociedades mercantiles “por acciones o por participación”, que en cristiano significa: “Compañero, ahora tu fábrica de tornillos puede cotizar en bolsa… o quebrar como Dios manda”. También se autoriza que capital extranjero entre directo al sector privado. Imagínate: el mismo yanqui que te ponía el bloqueo ahora podrá comprarte la mitad de la finca y venderte el café a precio de Wall Street.
La agricultura, el turismo, los bancos y hasta el mercado cambiario quedan abiertos al libre albedrío. ¿Quieres tener dos paladares, un Airbnb en Varadero y acciones en una vaquería? Adelante, camarada. Hasta hace nada, la inversión extranjera solo podía hacerse con empresas estatales; ahora cualquiera puede entrar con dólares y salir silbando “Guantanamera” con acento de Miami.
Y por si fuera poco, llega el IVA. Sí, el famoso impuesto a las ventas que todo el mundo odia pero que ahora servirá para financiar el nuevo “socialismo con recibo”. También permitirán negociar salarios dentro de las empresas. Traducción: el jefe ya no te dirá “esto es lo que hay”, sino “negociemos tu miseria, pero con PowerPoint”.
Todo esto llega mientras Donald Trump aprieta el grifo del petróleo y Washington sigue soñando con un cambio de régimen a 150 kilómetros de Florida. Los cubanos, entre bloqueo, crisis y ahora esta avalancha de reformas, solo pueden responder con su clásica mezcla de sarcasmo y ron: “¡Viva la revolución… y que viva también el que pueda pagar la entrada!”.
¿Resultado? La isla comunista más famosa del mundo acaba de anunciar el programa económico más liberal de su historia… sin fecha de aplicación, claro. Porque, total, ¿para qué correr si ya llevamos 65 años haciendo cola?