¡Atención, isla! El presidente Miguel Díaz-Canel se plantó frente a la tele estatal y soltó la verdad como un pedo en misa: la economía cubana está más rota que la nevera de un pensionado en julio. Necesita “cambios urgentes”, dijo, mientras la Asamblea Nacional se apresta a aprobar un paquete de reformas que huele más a mercado libre que a consigna del Partido. ¡Hasta el Che se revolvería en la tumba!
Las medidas buscan abrir sectores enteros a la inversión privada, atraer dólares de los cubanos que se fueron (esos mismos que ahora mandan remesas y opiniones por WhatsApp) y darle autonomía a las empresas estatales para que dejen de ser tan… estatales. Raúl Castro ya dio el visto bueno, como el abuelo que al final acepta que el nieto se tatúe. “Algunas no tendrán consenso absoluto, pero son impostergables”, insistió el mandatario, en el clásico tono de quien sabe que va a cabrear a medio Comité Central.
Díaz-Canel hasta citó a China y Vietnam como ejemplos. O sea, “hagamos capitalismo pero con boina y salsa”. Mientras tanto, el bloqueo yanqui sigue apretando, JD Vance suelta pullas desde Washington y el pueblo se rasca la cabeza entre apagones y colas. Un empleado bancario de 63 años lo resumió perfecto: si no aterrizamos estas reformas, “la revolución se nos cae”. Otro, más escéptico, soltó lo que muchos piensan: “Son mentiras, llevamos 67 años en lo mismo”.
Al final, el discurso suena a divorcio amistoso con el modelo económico de siempre: “No es culpa tuya, es culpa mía… pero igual te cambio por algo más eficiente”. ¿Resultado? Otro capítulo de la serie “Revolución 2.0: ahora con IVA y empresas de 100 empleados”. Porque, como dice el refrán de la calle, promesas de reforma y ron barato, los dos se acaban rápido.