En La Habana, la Asamblea Nacional del Poder Popular reunió a más de 400 diputados para aprobar, sin un solo voto en contra, 176 reformas que convierten la economía de la isla en un bazar de barrio con licencia oficial. Empresas privadas con más de cien empleados, capital extranjero metiendo la nariz en el sector privado, cubanos que podrán tener varias empresas como quien colecciona cromos, y hasta cuentas en dólares para la gente de a pie. Todo ello bendecido por Raúl Castro, de 95 años, que parece haber decidido que ya es hora de jubilar el dogma y jubilarse él también.
El economista Daniel Torralbas lo definió sin rodeos: esto es el cambio más grande desde 1959. Después de nacionalizar hasta las chiringas de los niños, ahora permiten que los particulares monten negocios grandes, participen en sociedades anónimas y negocien salarios como si estuvieran en Wall Street… pero con ron y calor. La agricultura, el turismo y hasta el banco quedan abiertos al dinero privado, nacional o extranjero. Eso sí, el sistema político sigue siendo sagrado: un solo partido, el PCC, y punto. Como dijo el presidente Díaz-Canel, “transformaciones para rectificar, pero siempre en defensa del socialismo”. O sea, el socialismo ahora acepta dividendos.
Los cubanos, que llevan décadas haciendo malabares con la libreta de racionamiento y el mercado negro, ahora podrán tener dos o tres empresas a la vez. Algo así como cuando tu primo decide vender empanadas, abrir un bar y poner un taller de motos sin que nadie lo meta preso. La ironía es que todo esto llega cuando la crisis aprieta más que una guagua en hora punta y la presión de Estados Unidos sigue ahí, como el vecino que no deja de meter la nariz por la ventana.
En resumen: Cuba ha decidido que el libre mercado no es tan malo cuando lo aprueba el Partido Comunista por unanimidad. El socialismo sigue siendo intocable… pero ahora con acciones, dividendos y capital extranjero. Como una telenovela cubana: mucha ideología, pero al final todo el mundo acaba negociando el sueldo en dólares.