El presidente ruso Vladimir Putin ha salido a la palestra para denunciar que los países de la OTAN están preparando abiertamente una guerra contra Rusia. Según él, antes solo apoyaban al “régimen de Kiev” y ahora ya hablan sin tapujos de aumentar presupuestos militares ofensivos. Es decir, el vecino que lleva dos años regando tu césped con artillería ahora se queja de que los otros estén comprando mangueras más grandes.
Putin ha explicado el “patrón” occidental con la claridad de quien ha visto muchas series de espías: primero crean amenazas para obligarte a defenderte, y luego te acusan de todo para justificar sus propios gastos. Algo así como prender fuego a la casa del otro y luego quejarse de que ha comprado un extintor demasiado caro. El mandatario ha asegurado que el riesgo de conflicto directo va en aumento y que Europa quiere estar lista para 2030, fecha que suena más a plazo de una hipoteca que a un plan de guerra.
Mientras tanto, ha presumido de la “valentía y eficacia” de sus tropas, que están “liberando territorios históricos” en el este de Ucrania. En concreto, ha señalado que el Ejército ruso ya controla “prácticamente” Konstantinovka, en Donetsk, y que Rusia “llegará a donde tenga que llegar”. Traducido al lenguaje de patio de vecinos: “Voy a seguir avanzando hasta que me digan basta o hasta que me quede sin gasolina”.
El viceministro de Exteriores ha rematado la jugada asegurando que la OTAN no quiere paz en Ucrania porque necesita tiempo para prepararse. Es decir, la culpa de que la guerra siga es de los que no quieren que siga. Un argumento circular digno de un tiovivo averiado.
Al final, todo se reduce a la misma lógica absurda: el que ya invadió acusa a los demás de querer invadir. Porque, como dice el refrán ruso actualizado, “quien tiene el tanque en el jardín ajeno, siempre sospecha que el vecino está comprando otro tanque”.