La afición colombiana decidió que Guadalajara necesitaba más ritmo que un estadio lleno y se plantó en La Minerva para un banderazo que mezcló banderas, tambores y la certeza de que un buen resultado ante Congo dejaría al equipo liderando el grupo antes de enfrentar a Portugal.
Desde antes de las seis de la tarde, más de cinco mil hinchas ocuparon la glorieta y obligaron a cerrar López Mateos y Vallarta como si la ciudad hubiera decidido tomar vacaciones sin avisar. Bocinas portátiles, un grupo de música en vivo y olas de camisetas amarillas transformaron el lugar en una fiesta donde la cumbia y el vallenato competían con el tráfico detenido. La convocatoria surgió en redes sociales y reunió a viajeros directos desde Colombia, residentes locales y tapatíos que se sumaron sin necesidad de pasaporte.
El momento más solemne llegó cerca de las siete cuando quince personas entonaron el himno nacional con la misma seriedad que un jurado evaluando un desfile militar. Antes, en la Ciudad de México, el Ángel de la Independencia ya había cambiado de colores durante el banderazo previo al debut contra Uzbekistán y sirvió de escenario para celebraciones que duraron hasta las cuatro de la mañana tras la victoria 3-1.
Ahora el equipo de Néstor Lorenzo enfrenta a Congo, un rival que empató con Portugal y parece dispuesto a complicar cualquier pronóstico. El encuentro se jugará este martes a las ocho de la noche en el Estadio Guadalajara, donde la afición cafetera espera repetir la algarabía sin que el resultado dependa solo de la música que suene en las calles.
Al final, la fiesta colombiana demostró que un Mundial puede convertir cualquier glorieta en pista de baile temporal mientras el balón decide quién sigue en el grupo.