El embajador iraní en Ginebra, Ali Bahreini, soltó sin anestesia que Irán es el único que decide qué hacer con los 12.000 millones de dólares que se van a desbloquear gracias al acuerdo de 60 días sin sanciones. Ni Estados Unidos ni Qatar van a meter las narices en la cartera, y mucho menos para obligar a comprar maíz, soja y trigo gringo como soñaba el vicepresidente JD Vance. Bahreini lo dejó clarito: “Rechazo cualquier idea de que otro país pueda influir en cómo gastamos nuestra plata”. O sea, los persas no van a convertirse en clientes del supermercado estadounidense aunque Vance se vista de vendedor de feria.
Mientras tanto, en el Líbano volvieron los tiros. Dos personas murieron por disparos israelíes en el sur, el primer incidente mortal desde el frágil alto el fuego con Hezbolá. Israel dice que atacó a “terroristas”, como si el conflicto fuera un videojuego donde cada muerto es solo un NPC más. Los iraníes, con la chequera recién abierta, ya deben estar calculando si gastan parte de esos millones en más misiles o en un buen seguro de vida para los vecinos del sur.
Vance se queda con el sueño de que el dinero iraní termine en silos de maíz yanqui, pero Bahreini lo mandó de vuelta a la realidad con un simple “esto es nuestro y punto”. El resto del mundo mira el numerito como quien ve a dos borrachos discutiendo quién paga la cuenta: uno dice que es para la reconstrucción, el otro que para comprar comida, y al final el que tiene la plata hace lo que le da la gana. En 60 días se sabrá si el alto el fuego aguanta o si todo vuelve al circo de siempre, pero por ahora Irán ya eligió su postura: la plata es mía y el maíz que se lo metan donde les quepa.