El canciller Roberto Velasco reunió por videollamada a todo el cuerpo diplomático para exigirles que dejen de hacer turismo y empiecen a vender a México como el país más democrático, productivo y estable del planeta, con el Plan México y sus polos de desarrollo como gancho principal. Según el secretario, los embajadores deben redoblar esfuerzos para encontrar “coincidencias internacionales” que generen resultados concretos, como si el mundo estuviera esperando que México les resuelva la vida en vez de ser al revés.
Velasco presumió en X que el país es una de las principales economías mundiales, socio comercial de primer orden y cuna de una de las civilizaciones más ricas, omitiendo que muchos de sus diplomáticos siguen dedicados a proteger mexicanos que se meten en líos en el extranjero mientras el resto del planeta los mira con cara de “sí, claro”. El mensaje fue claro: dejen de lado la diplomacia pasiva y conviértanse en vendedores ambulantes de estabilidad y bienestar compartido, aunque la realidad siga pareciendo más un capítulo de “El Chavo del Ocho” que un folleto de inversión.
Los embajadores, entre PowerPoints y cafés fríos, ya deben estar practicando cómo explicar que México es un oasis de seguridad y desarrollo mientras los titulares del día hablan de otra cosa. Al final, la instrucción de Velasco se resume en una sola orden absurda: “Vendan el país como si fuera el mejor negocio del mundo… y rezad para que alguien se lo crea antes de que nos corten la llamada”.