¡Cepeda acepta la derrota por un pelo y le entrega la banda presidencial a “El Tigre”, que ya amenaza con meter a todo el país en megacárceles como si fueran jaulas de gallinas!
En Colombia, donde hasta las elecciones parecen un partido de fútbol que se define en penales, Iván Cepeda levantó las manos como quien tira la toalla en una pelea de barrio y reconoció que Abelardo De La Espriella, alias El Tigre, se quedó con la victoria por apenas un punto porcentual. Imagínense: 49,66 contra 48,70. Ni siquiera alcanza para un empate técnico en un reinado de belleza. El registrador confirmó el resultado con tanto detalle que parecía que habían contado hasta los votos en blanco y los de los muertos que siguen apareciendo en el padrón.
Cepeda, el del Pacto Histórico y amigo de Petro, leyó su declaración con cara de funeral y prometió que ahora será jefe de la oposición para defender la democracia como quien defiende un puesto de arepas en plena manifestación. “Resistiremos cualquier intento de sometimiento autoritario”, soltó, aunque ya se le veía la maleta hecha para la transición del 7 de agosto. Mientras tanto, El Tigre, abogado, empresario y outsider de 47 años, ya afila las uñas: mano dura contra el crimen, megacárceles para todos, reducir el Estado en un 40 % y volver a firmar contratos de petróleo como si el país fuera una gasolinera gigante.
El resultado es otro capítulo de la novela colombiana de siempre: un país que sale de un gobierno de izquierda para meterse en uno de derecha que promete bajar impuestos y subir rejas. Cepeda acepta la derrota con elegancia de senador, El Tigre ya se imagina inaugurando cárceles como estadios y el resto de los colombianos sigue preguntándose si al final les tocará pagar más por todo o simplemente esconderse debajo de la cama. En este país, hasta la alternancia del poder parece un reinado de reinas populares donde el que pierde jura que volverá más fuerte… o al menos más ruidoso en el Congreso.