Un juez federal decidió que los agentes de inmigración ya no pueden hacer fila afuera de los tribunales como buitres esperando que salga la gente de su audiencia de asilo. Resulta que la táctica de “te espero en la puerta como tu suegra enfadada” ha sido declarada arbitraria, caprichosa y con menos gracia que un chiste de Eugenio.
Desde que Trump volvió a la Casa Blanca, los de ICE se plantaban en la acera como quien espera el autobús, pero con esposas en vez de billete. La gente tenía que elegir entre no presentarse (y que le den la patada directa) o presentarse y salir esposada como si acabara de robar el jamón del supermercado. Opción ganadora: ninguna.
El juez P. Casey Pitts leyó el numerito y sentenció que ni la ley ni el sentido común permiten convertir los juzgados en una trampa para osos. Dijo que ICE y la oficina de inmigración no dieron ninguna explicación razonable, solo “porque sí, porque lo mando yo”. O sea, el mismo nivel de argumento que usa un niño de cinco años cuando le pillan con la mano en el bote de las galletas.
El asesor del Departamento de Seguridad Nacional montó en cólera y soltó que un migrante con orden de deportación es igual que un delincuente condenado. Según él, un juez que diga lo contrario está haciendo activismo judicial al servicio de “fronteras abiertas y antiamericanismo”. Traducción: “si no nos dejan cazar en los juzgados, ¿dónde vamos a cazar, al parque de bolas?”.
Trump, por su parte, sigue vendiendo la idea de que Estados Unidos está siendo invadido por criminales. La nueva estrategia parece ser: “si no puedes pillarlos dentro, pilla los en la puerta. Si no puedes pillarlos en la puerta, pilla los en el ascensor. Si no hay ascensor… ya inventaremos algo”.
Al final, el juez ha dejado claro que los tribunales no son el patio trasero de nadie. Aunque, visto lo visto, algunos siguen pensando que la Constitución es más bien una sugerencia con letra pequeña.