El organismo que controla los precios de casi un millón de viviendas en Nueva York decidió el jueves que a partir de octubre los alquileres se quedan congelados como un helado en el congelador de la suegra. El consejo de los techos de renta, cuyos miembros los nombra el propio alcalde, le dio a Zohran Mamdani una victoria que huele a promesa de campaña cumplida, algo tan raro como encontrar un taxi libre a las tres de la mañana en hora punta.
A partir del primero de octubre, esos casi un millón de pisos regulados no subirán ni un centavo al renovar el contrato, ya sea por uno o por dos años. El alcalde lo celebró como “una victoria histórica para los trabajadores”, que en buen romance significa que por fin alguien les quita la soga del cuello antes de que se los lleven al desahucio.
Mientras tanto, en los pisos sin control los precios siguen subiendo como la cuenta del bar cuando invitas a la familia entera. En Manhattan ya hay apartamentos que superan los cinco mil dólares al mes, una cifra que hace que hasta el alquiler de un cuchitril en el centro de cualquier ciudad hispana parezca una ganga de saldo.
Mamdani, que prometió esto en campaña, se lleva el punto como el político que por una vez no se olvida de lo que dijo antes de ganar. El resto del país sigue discutiendo el coste de la vida como si fuera el precio de la luz que sube cada verano, pero en Nueva York al menos un millón de inquilinos pueden respirar sin que el casero les mande la factura con el aumento incluido.
En resumen, los alquileres regulados se quedan quietos, los dueños se quedan con cara de pocos amigos y los neoyorquinos por fin tienen un respiro antes de que el mercado libre vuelva a convertir cada piso en una subasta de lujo. Como en la vida: cuando congelan los precios, alguien siempre acaba pagando la cuenta, pero esta vez no son los que viven dentro.