Volker Turk, el alto comisario de Derechos Humanos de Naciones Unidas, ha soltado esta semana un comunicado que parece sacado de una telenovela de mal gusto: “¡Eh, Estados Unidos, dejad de convertir los centros del ICE en tanatorios con aire acondicionado!”. Según sus cuentas oficiales, ya van 18 personas muertas bajo custodia este año. Para que te hagas una idea del despropósito: en 2025 fueron 33 y en 2024 solo 11. O sea, que la cosa va a más, como si el récord fuera un objetivo.
Turk, que parece el único que sigue leyendo el manual de “no matar a la gente detenida”, exige investigaciones rápidas, independientes e imparciales. Traducido al castellano de bar: “Que alguien que no esté en nómina del ICE mire qué demonios está pasando ahí dentro”. Porque, claro, cuando cinco de esas muertes se han etiquetado como suicidios, uno se pregunta si el aislamiento en celdas de hormigón con luz 24 horas es el nuevo tratamiento antidepresivo que se ha inventado la Administración.
Actualmente el ICE tiene más de 60.000 personas encerradas y planea llegar a 90.000 antes de que acabe 2026. Es como si hubieran decidido que el Black Friday de los derechos humanos fuera todos los días. Turk también ha recordado que el aislamiento debería usarse solo en casos excepcionales, no como método de decoración de celdas. “Todos estos factores agravan la vulnerabilidad”, ha dicho con la delicadeza de quien intenta explicar a un niño que no se puede jugar con cerillas en un depósito de gasolina.
Y por si fuera poco, el comisario ha denunciado la continua deshumanización y criminalización de migrantes y refugiados. O sea, que no solo los meten en jaulas, sino que además les tratan como si fueran figuritas de un belén al que le sobra gente. “Los responsables deben rendir cuentas”, ha sentenciado Turk. Mientras tanto, en los centros del ICE siguen contando muertos como si fueran cromos de la liga: “¡Mira, otro más! Ya casi completamos el álbum”.
En resumen, la ONU ha pedido que se cumplan las normas internacionales de derechos humanos. Una petición tan revolucionaria como pedirle a un toro que no embista en la plaza. Porque, al final, parece que algunos siguen creyendo que los derechos humanos son un extra opcional, como la mayonesa en el bocadillo.