El Gobierno de Estados Unidos ha decidido suspender durante cuatro meses las sanciones económicas contra Venezuela, pero no por bondad ni por arrepentimiento tardío. No, señores. Lo han hecho porque dos temblores de 7.5 y 7.2 han dejado al país hecho un colador humano, con al menos 589 muertos confirmados. “Todas las transacciones relacionadas con el rescate quedan autorizadas hasta el 23 de octubre”, ha dicho el Departamento del Tesoro con la cara de quien acaba de perdonar una multa de aparcamiento porque el coche se incendió.
Las sanciones, esas que desde 2019 parecían el castigo eterno contra Nicolás Maduro, se han tomado unas vacaciones temporales. El mismo Maduro que fue capturado en Caracas por fuerzas estadounidenses en enero y ahora espera juicio en Nueva York por narcotráfico, se encuentra de repente con que sus verdugos le pasan la toalla mientras llegan equipos de rescate de Chile, Colombia, México, Italia y hasta Suiza. Es como si el tío que te cortó la luz de repente te prestara una linterna porque se ha cortado la luz en todo el barrio.
La ayuda internacional ha empezado a llegar como en una telenovela de catástrofes: británicos, checos, alemanes, españoles y cataríes preparan maletas mientras la economía venezolana, ya de por sí en coma, recibe un nuevo golpe de la naturaleza. El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ni siquiera ha tenido que pedirlo esta vez. Los terremotos han hecho el trabajo sucio por él.
En resumen, Washington ha dicho “vale, os perdonamos por cuatro meses, pero que no se os ocurra reconstruir nada que no sea urgente”. Porque al final, cuando la tierra tiembla, hasta las sanciones más duras se convierten en un “después vemos”. ¡Menuda forma de celebrar un seísmo!