El presidente surcoreano, Lee Jae Myung, ha anunciado una inversión de 1,2 billones de dólares, más de dos tercios del PIB nacional, para fabricar semiconductores y centros de datos de inteligencia artificial. Es como si una familia decidiera hipotecar hasta la vajilla de la abuela para montar un taller de reparación de móviles en el patio trasero porque “la velocidad es lo único que importa”.
Samsung y SK Hynix van a soltar 520.000 millones de dólares en un nuevo polo de chips en el suroeste del país, con cuatro plantas que parecen más un complejo de vacaciones para transistores que una fábrica. El gobierno, por su parte, meterá otros 650.000 millones en centros de datos durante diez años, como quien llena el garaje de ordenadores porque ha visto en la tele que la inteligencia artificial es el nuevo fútbol.
Todo esto para no quedarse atrás en la carrera mundial de la IA, porque según el presidente “hay que asegurarse los elementos centrales antes que nadie”. O sea, que Corea del Sur se ha puesto en modo tío que compra criptomonedas a las tres de la mañana mientras el resto de la familia duerme.
El plan incluye llevar la industria lejos de Seúl, aprovechar energía renovable y resolver el problema del agua, que estos centros beben como un equipo de fútbol después de un partido en agosto. El propio presidente ha prometido un millón de toneladas de agua industrial al día, como si estuviera organizando una paella gigante en vez de una fábrica de chips.
El resultado es una apuesta descomunal que suena a telenovela de ricos: dos empresas que se forran con la IA, un gobierno que reparte dinero como caramelos en carnaval y la preocupación de que todo quede tan lejos de la capital que al final los trabajadores tengan que mudarse con la suegra. Porque al final, como en cualquier familia que decide gastarse el sueldo de diez años en un proyecto “para sobrevivir”, lo importante no es si sale bien… es ver quién paga la luz cuando se enciendan todos los ordenadores a la vez.