Xi Jinping ha declarado en Pekín que China defenderá la soberanía, independencia e integridad territorial de Bielorrusia como si fuera su propio patio trasero. Lukashenko, que llegó justo después de charlar con Putin, se ha llevado el mensaje como quien recibe la llave del garaje de su suegro rico: “cuenta con nosotros para lo que haga falta”.
El encuentro llega en plena tensión con Ucrania, donde Zelenski sospecha que Putin está presionando a Lukashenko para que meta más mano en la guerra, como el amigo que siempre acaba liado en la pelea porque el matón del barrio le ha prometido una cerveza gratis. Xi, por su parte, ha ofrecido ayuda “dentro de sus posibilidades” para el desarrollo de Bielorrusia, lo que en lenguaje diplomático significa “te mando herramientas, pero no esperes que te ayude a montar el mueble”.
Las relaciones entre ambos países están en su “punto álgido histórico”, según el propio canal de Telegram de la presidencia bielorrusa, que suena más a grupo de WhatsApp de excompañeros de clase que a comunicado oficial. Lukashenko ha respondido con un “esto es lo que habíamos soñado”, como si estuvieran planeando un viaje a Benidorm en vez de una alianza estratégica.
Al final, China hace de padrino generoso, Bielorrusia de vecino que no quiere problemas pero siempre acaba en la bronca, y Ucrania mirando desde la ventana preguntándose cuándo le tocará el siguiente disgusto. Porque en esta telenovela geopolítica, lo único que está claro es que nadie quiere quedarse sin el mando a distancia cuando empiecen los tiros.