Resulta que el Ministerio de Comercio chino decidió meter en su lista negra a veinte empresas japonesas por “ayudar al ejército nipón”. Según Pekín, estas firmas han estado soplando el fuelle militar de Tokio y por eso ya no podrán comprar ni un gramo de tierras raras, esos minerales mágicos que China controla como si fueran el último paquete de tabaco en la cárcel.
Japón, con la cara de ofendido que pone cuando le quitan el wasabi, declaró la medida “inaceptable y profundamente lamentable”, lo que en lenguaje diplomático significa “me cago en todo”. Hasta presentaron una protesta enérgica, como el vecino que llama a la policía porque le pisan el césped. La primera ministra Takaichi ya había metido el dedo en la llaga al decir que Japón podría defender Taiwán, y China respondió con la clásica frase de suegra enfadada: “¡Estás yendo por el camino equivocado, militarista de pacotilla!”.
El golpe es especialmente doloroso porque China es la dueña casi absoluta de esos minerales que se usan en misiles, coches eléctricos y hasta en los ventiladores que salvan vidas en verano. Imagínate a Mitsubishi Electric sin poder comprar imanes: tendrían que volver a los abanicos de papel y a los palillos para apuntar los cañones.
En resumen, dos potencias que se tiran de los pelos por un tema de “seguridad nacional” mientras el resto del mundo mira el espectáculo como si fuera un capítulo de “Sálvame” geopolítico. China corta el grifo, Japón patalea, y los de siempre se quedan sin piezas. ¡Qué elegante forma de hacer la guerra sin disparar ni un tiro… de momento!