Resulta que el presidente boliviano se plantó en un acto de agua potable en Cochabamba y soltó sin filtro que “ya le va a llegar la cárcel” a Evo Morales, al que persigue una orden de detención por trata de personas con una menor, narcotráfico y el hobby de organizar bloqueos como si fueran ferias del Chapare. La gente que estaba allí no se anduvo con rodeos y empezó a corear “cárcel para Evo”, a lo que Paz respondió con un “ya le va a llegar” que sonó más a promesa de suegra que a discurso presidencial.
Lo más jugoso vino después: Paz soltó que si Evo fuera su vecino no se sentiría tranquilo con su hija en casa, porque “eso es lo que no queremos”. O sea, el presidente convirtió el asunto en un problema de barrio: Morales como el vecino rarito que nadie quiere cerca de los niños. Hasta exigió “respeto a la moralidad, a la ética y a la convivencia”, como si estuviera organizando una junta de vecinos en vez de gobernar el país.
Mientras Evo se esconde en el Trópico de Cochabamba rodeado de cocaleros que lo protegen como si fuera el último paquete de coca, Paz ya piensa en negocios grandes: un corredor bioceánico que le va a vender a Lula y a Kast. El mensaje es claro: “Bolivia quiere hacer plata, no que dos señores desde el Chapare cierren las carreteras cuando les dé la gana”.
En resumen, tenemos un expresidente acusado de todo menos de ser buen vecino, un presidente actual que lo trata como al tipo que no invitas ni a tomar mate, y un país que sigue pareciendo un capítulo de “Los Simpson” versión andina. ¡Qué elegante forma de mezclar orden de captura con drama de condominio!