Emmanuel Macron ha anunciado una misión militar conjunta con Omán para limpiar minas en el estrecho de Ormuz, ese pasillo marítimo que Irán cerró a cal y canto tras la bronca con Estados Unidos e Israel. El presidente francés, en plan salvador del petróleo, dice que van a garantizar el “libre tránsito sin condiciones” junto al sultán Haitham bin Tariq. Los dos han coincidido en que el estrecho debe estar abierto como una autopista sin peaje ni barricadas.
El comunicado franco-omaní habla de operaciones conjuntas de desminado y de fortalecer la alianza en temas económicos, científicos y hasta culturales, como si fueran a montar un festival de música en medio del golfo. Todo muy bonito hasta que el viceministro iraní Kazem Qaribabadi salió a advertir que el desminado “lo hará únicamente Irán” y que Francia no meta las narices donde no la llaman. “La situación es delicada, no la compliquéis más con vuestras provocaciones”, soltó como quien defiende su parcela con un cartel de “propiedad privada”.
En plan MAD adulto: imagínate a Macron y al sultán disfrazados de operarios de limpieza viaria con trajes de buzo y detectores de minas, mientras Irán, desde la orilla, les grita que ese atasco lo provocó él y que nadie más tiene derecho a quitarlo. Los petroleros esperan en fila como coches en un atasco eterno y los dos jefes de Estado se dan la mano como si acabaran de firmar el alquiler de un apartamento compartido.
El resultado es un estrecho minado, dos países jugando a fontaneros internacionales y Teherán recordando que el candado lo puso él. ¡Feliz desminado compartido, que os den con la mina!