En una decisión que dejó a Donald Trump más enojado que hincha de Boca después de un penal fallado, la Corte Suprema rechazó por seis votos contra tres su intento de borrar la ciudadanía por nacimiento, esa tradición tan yanqui como el hot dog pero que ahora parece más difícil de cambiar que el menú de un asado familiar. El tribunal confirmó lo que ya había dicho una corte inferior: el decreto que Trump firmó el primer día de su regreso al poder, ordenando no reconocer como ciudadanos a los chicos nacidos en Estados Unidos si los padres no eran ni gringos ni residentes legales, viola la Enmienda 14 de la Constitución y punto.
Los jueces le recordaron al mandatario que no puede jugar a cambiar las reglas del país como si fuera un árbitro comprado en un partido de barrio. Esta es la segunda vez en el año que le frenan los pies: antes ya le habían tumbado los aranceles globales. Los críticos lo acusan de querer discriminar a diestra y siniestra, y la Suprema eligió justo antes del 4 de julio, cuando los yanquis festejan los 250 años de su fundación, para mandarle el mensaje más claro: “Ni en pedo”.
Expertos calculaban que la movida podía dejar en el limbo legal a unos 250 mil bebés por año y obligar a millones de familias a andar con papeles como si fueran inmigrantes en su propia casa. Trump, fiel a su estilo de “todo o nada”, se fue a la cama con el plan de convertir la ciudadanía en algo más exclusivo que un club de campo, pero la Corte le cerró la puerta en la cara como suegra que no quiere yerno nuevo.
Al final, el numerito yanqui sigue igual: nacés en el país y sos ciudadano, aunque el presidente patalee como nene chico al que le sacaron el dulce. Otro round perdido para Trump, otro “gracias por venir” de la justicia y otro recordatorio de que en Estados Unidos, por ahora, el que nace adentro se queda adentro, le guste o no al que está en la Casa Blanca.