El secretario de Estado gringo Marco Rubio llamó por teléfono a la flamante presidenta electa de Perú, Keiko Fujimori, para felicitarla por ganar el balotaje por los pelos y, de paso, ofrecerle que Washington y Lima vuelvan a ser “amigos con derecho a seguridad”. Según el comunicado, la Administración Trump quiere “profundizar la colaboración” contra el crimen organizado y la migración ilegal, lo que en buen romance significa: “Tú nos das mano dura y nosotros te damos dólares, pero sin que se repita la película de tu viejo”.
Keiko, de 51 años, llega al poder después de que Perú haya cambiado de presidente ocho veces desde 2016, un récord que ya parece más un reality show que una democracia. Su victoria marca el regreso oficial del fujimorismo al sillón presidencial, más de veinte años después de que Alberto Fujimori dejara el cargo entre rejas, escándalos y un legado que divide al país como si fuera una torta de cumpleaños cortada con motosierra.
El triunfo de Keiko se suma a la ola de derechistas que están ganando elecciones en América Latina desde que Trump volvió a la Casa Blanca. Esta vez, sin embargo, el propio Trump no le mandó un tuit de apoyo explícito, a diferencia de lo que hizo con otros conservadores de la región. Parece que Keiko tuvo que conformarse con el saludo de Rubio, algo así como recibir una tarjeta de felicitación en vez de un ramo de rosas con bombones.
En el fondo, Washington ve en este nuevo ciclo político una oportunidad de oro para reforzar la lucha contra las mafias y el tráfico de personas. Traducción libre: “Queremos que Perú sea un muro más efectivo que el que nunca terminamos de construir”. Mientras tanto, los peruanos ya se preparan para otra tanda de presidentes, escándalos y discursos que prometen que “esta vez sí va a ser diferente”.
En resumen, Keiko entra a Palacio de Gobierno con el visto bueno de Rubio, el fantasma de su padre flotando en el aire y la esperanza de que esta vez el poder no se le escape entre los dedos como un billete marcado. Una jugada tan clásica como intentar gobernar Perú sin que te salpique el fango.