La capital mexicana decidió que un triunfo 2-0 sobre Ecuador merecía más ruido que una boda, un mitin y un concierto de rock juntos. Más de un millón de personas salieron a las calles para convertir el centro en un estadio improvisado donde el césped era asfalto y los gritos valían por goles.
Julián Quiñones abrió el marcador al minuto 22 con un disparo que dejó a la defensa ecuatoriana preguntándose si había firmado contrato con el equipo equivocado. Nueve minutos después, Raúl Jiménez duplicó la ventaja y cerró la primera mitad con un resultado que ya parecía definitivo. El Estadio Ciudad de México vibró con decenas de miles de aficionados mientras el Zócalo, convertido en Fan Fest gigante, resistió la lluvia como si el cielo también hubiera apostado por México.
El Paseo de la Reforma, el Monumento a la Revolución y el Ángel de la Independencia se llenaron en minutos. El gobierno capitalino habilitó hasta el estacionamiento del Palacio de los Deportes, donde el Grupo Cañaveral tocó para quienes no cupieron en los puntos principales. Dieciocho sedes distribuidas en las 16 alcaldías evitaron que todo el júbilo se concentrara en un solo lugar. Calles como Madero, Pino Suárez y 5 de Mayo, junto a Bellas Artes, registraron multitudes que ignoraron la tormenta hasta que esta, oportunamente, decidió retirarse al final del partido.
La fiesta se extendió hasta la madrugada del 1 de julio con fuegos artificiales tricolores que pintaron el cielo de verde, blanco y rojo. Nadie parecía tener prisa por volver a casa.
El siguiente obstáculo llega el 6 de julio, cuando México enfrente al ganador entre Inglaterra y la República Democrática del Congo. La afición ya tiene nueva cita y, esta vez, el pronóstico del tiempo parece secundario.