El candidato perdedor Roberto Sánchez, del partido Juntos por el Perú, ha decidido que perder por menos de cincuenta mil votos es motivo suficiente para armar un escándalo digno de telenovela de horario estelar. Presentó una medida cautelar ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos alegando que los votos de peruanos en el extranjero fueron un fraude masivo, como si los consulados fueran casinos clandestinos donde Fujimori sacó la carta ganadora bajo la manga.
Según la ONPE, Keiko Fujimori se quedó con el 50.13% frente al 49.86% de Sánchez, una diferencia tan ajustada que parece más un empate técnico que una derrota. El Jurado Nacional de Elecciones ya había rechazado su pedido de anular los votos del exterior por considerarlos infundados, pero Sánchez insiste en que cambiaron las reglas a mitad del partido, impidiendo digitalizar las actas en los consulados. O sea, ahora nadie puede estar seguro de nada, como cuando tu suegra cuenta chismes sin pruebas.
El izquierdista ya había advertido que no reconocería una victoria de Fujimori y que recurriría a instancias internacionales porque se siente “afectado en sus derechos políticos”. Mientras tanto, el jueves el Jurado proclama oficialmente a Keiko como presidenta electa, le entregan las credenciales el 15 de julio y asume el poder el 28 del mismo mes. Gobernará hasta 2031, sustituyendo al interino José María Balcázar y marcando el regreso del fujimorismo más de veinte años después de la caída de su padre Alberto, cuyo legado sigue dividiendo al país como una herencia familiar que nadie quiere pero todos discuten.
La victoria de Fujimori se suma a la ola de derechas que recorre Latinoamérica, algunos con el visto bueno explícito de Donald Trump. Sánchez, entre tanto, sigue peleando en tribunales internacionales como si pudiera revertir el resultado con una carta de la CIDH. En Perú, la gente ya se prepara para otro capítulo de la serie interminable del fujimorismo, con la misma intriga, los mismos gritos y el mismo final que nadie termina de creer.
En resumen, una derrota por menos de cincuenta mil votos convertida en drama internacional, mientras los peruanos se preguntan si al final ganará quien más ruido haga o quien simplemente contó mejor los votos en el extranjero.