En la conferencia matutina de Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard enfrentó la pregunta inevitable: ¿por qué Donald Trump repite que el T-MEC no beneficia a Estados Unidos? El secretario respondió con la calma de quien ya vio venir la tormenta y trae paraguas de repuesto. Reconoció que Washington busca más empleos, pero defendió que el tratado sigue siendo el más exitoso del planeta y que la única forma de mejorarlo es sentarse a negociar, no gritar desde la distancia.
Trump había declarado desde el Despacho Oval y luego en la cumbre del G7 que Estados Unidos podría prescindir de autos, energía y productos mexicanos. Ebrard señaló que esas inquietudes son legítimas, aunque el verdadero avance de la reunión trilateral fue que Washington ni siquiera mencionó retirarse del acuerdo. México, en cambio, llega a 2036 con un marco comercial estable mientras otros países enfrentan renegociaciones inciertas.
El funcionario detalló cómo la integración productiva ya es irreversible. Una turbina aeronáutica cruza la frontera nueve veces antes de estar lista, con piezas fabricadas en Chihuahua y Querétaro que se ensamblan con componentes estadounidenses. Intentar poner aranceles cada vez que pasa sería como cobrar peaje cada vez que alguien sube o baja de un elevador. México ya produce semiconductores y atrae centros de datos tras la invitación de Sheinbaum, reduciendo dependencia de Asia en sectores clave como farmacéuticos, electrónica e inteligencia artificial.
Ebrard insistió en que el método es diálogo perseverante y cabeza fría. No hay lista de temas intocables, pero tampoco se acepta lo que no conviene. Al final, las piezas del rompecabezas comercial se mueven mejor cuando nadie intenta romper el tablero a martillazos.