Donald Trump convirtió la fiesta del cuarto de julio en su propio mitin electoral de medio mandato, con tormentas incluidas para que nadie se aburriera. Mientras miles de personas corrían como en una estampida de toros en Pamplona porque caían rayos, el presidente retrasó su discurso varias horas y luego soltó que bajo su mando el país estaba “más orgulloso que nunca”. Orgullo a base de fotos gigantes de su cara ceñuda colgando junto a las banderas, como si el Tío Sam se hubiera puesto a vender camisetas firmadas en el Capitolio.
Rindió homenaje a los veteranos de la Segunda Guerra, Corea y Vietnam, pero enseguida los metió en la misma bolsa de “lucha contra el comunismo”, como si la Guerra Fría fuera un capítulo repetido de una serie de los ochenta que nadie pidió. “No vamos a permitir que el comunismo vuelva a sacar su fea cabeza aquí”, bramó, refiriéndose al ala izquierda demócrata como si fuera un tumor que hay que extirpar antes de que meta la pata en las elecciones de noviembre. Gavin Newsom, desde California, le contestó que lo que hacía falta era “una declaración de independencia electoral”, pero Trump ya estaba demasiado ocupado presumiendo de haber “arrasado” las fuerzas de Irán y Venezuela, como si estuviera contando batallas en un videojuego de patio de vecinos.
Para rematar la jornada patriótica, cientos de personas con la cara tapada, banderas confederadas y emblemas del Patriot Front marcharon por Washington gritando “¡Recuperemos Estados Unidos!” mientras el resto del país intentaba celebrar 250 años de independencia sin que pareciera un desfile de exnovios tóxicos. Trump, claro, perdió la oportunidad de hacer una fiesta neutral y la convirtió en su show personal, con pancartas de su cara y mensajes de “es como un cáncer, hay que extirparlo”.
En resumen: 250 años de historia convertidos en un mitin con tormentas, veteranos reciclados como excusa anticomunista, supremacistas paseando por la capital y el presidente posando como si el país fuera su finca particular. Porque al final, entre selfies gigantes, rayos divinos y desfiles de fantasmas sureños, parece que la independencia sigue esperando su turno mientras Trump ya se mide la talla de la estatua.