Manuel Adorni, el vocero que parecía salido de un casting de “el que menos habla, más cobra”, renunció en medio de una investigación judicial por presunto enriquecimiento ilícito. El gobierno de Javier Milei, en plan “aquí no pasó nada”, aprovechó el hueco para lanzar la reestructuración prometida. Diego Santilli, el nuevo jefe de Gabinete, heredó el Ministerio del Interior y lo hizo desaparecer como por arte de magia, según el Decreto 571/2026 publicado en el Boletín Oficial. “Razones de gestión”, dice el texto. Traducción: “demasiados ministerios, muy pocos amigos”.
Santilli ahora concentra todo el poder en la Jefatura de Gabinete, con dos vicejefes de secretaria que suenan a nombres de personajes de una novela de Corín Tellado: Ignacio Devitt y Gustavo Coria. El primero se ocupará de los asuntos estratégicos y el segundo absorberá la relación con provincias, municipios, el Renaper, la Dine y hasta el Inai. O sea, el Interior ya no existe, pero sus funciones siguen vivas como un fantasma que cobra sueldo.
Mientras tanto, Adrián Ravier debutó como nuevo vocero presidencial con conferencia de prensa incluida, como si el cargo fuera una herencia maldita que se pasa de mano en mano cada vez que alguien es investigado. El decreto también unifica Turismo, Ambiente y Deportes en una sola secretaría, porque nada mejor que mezclar el fútbol con el cambio climático y los vuelos low-cost para ahorrar plata… o al menos para que parezca que se ahorra.
Los compromisos presupuestarios del ministerio desaparecido pasan directamente a la Jefatura de Gabinete hasta que inventen la nueva estructura. En criollo: “te quitamos el ministerio pero te dejamos las deudas, que las pague otro”.
En resumen, Milei y Santilli convirtieron la renuncia de Adorni en una partida de Tetris ministerial donde desaparecen ministerios enteros, aparecen vicejefes como conejos de sombrero y todo sigue funcionando… o al menos eso dicen los decretos. Porque al final, entre enriquecimientos investigados, ministerios que se evaporan y voceros que cambian más que el clima, parece que la única cosa que no se reestructura es la costumbre argentina de que siempre haya alguien más para culpar.