Según un informe de la ONU que parece escrito por un contable borracho, los países del mundo tienen que rascarse los bolsillos con 4 billones de dólares al año si quieren que los Objetivos de Desarrollo Sostenible no terminen convertidos en un chiste de mal gusto. Porque, aunque algunos miles de millones de personas ya tienen luz, agua y médicos, las crisis se acumulan como facturas sin pagar y el dinero brilla por su ausencia.
La ayuda oficial al desarrollo se desplomó un 23,1 % en 2025, volviendo a niveles de la prehistoria. La agencia yanqui USAID, ya desmantelada como un mueble de IKEA defectuoso, dejó un agujero que ni con pegamento se tapa. De las 139 metas de los ODS, solo el 36 % va tirando, el 49 % avanza más lento que una tortuga con resaca y el 15 % ha retrocedido peor que un político en campaña.
Alrededor del 10 % de la humanidad sigue viviendo con menos de 3 dólares al día, apenas tres puntos menos que en 2015. Si no se hace nada, en 2030 seguiremos igual, como si el tiempo no pasara y la pobreza fuera una suscripción que nadie cancela. Unos 2.300 millones de personas pasan hambre o comen como el demonio de vez en cuando, y 673 millones sufren hambre crónica. Ambas cifras han subido desde 2015, como si el mundo hubiera decidido que la comida es un lujo de ricos.
Solo África subsahariana, Oriente Medio, el norte de África y Oceanía se quedarán fuera de la fiesta de la erradicación de la pobreza extrema. El trabajo infantil bajó en 20 millones de chavales, pero 273 millones de niños y jóvenes siguen sin pisar una escuela, y los jóvenes tienen cuatro veces más papeletas de estar en el paro que un adulto con contactos. Los refugiados ya son 440 por cada 100.000 habitantes, el doble que en 2015, como si el planeta se hubiera convertido en un concurso de “¿quién huye más rápido?”.
La deuda externa de los países pobres y medianos alcanzó los 8,9 billones de dólares en 2024, un récord que ni el más tramposo de los casinos habría imaginado. Y mientras tanto, el termómetro global subió 1,43 °C y el dióxido de carbono está en su punto más alto en dos millones de años. Antonio Guterres lo resumió sin rodeos: el progreso existe, pero es tan escaso que parece una broma pesada. Entre la ayuda que se esfuma, la deuda que ahoga, los conflictos que estallan, la economía que cojea y el clima que se vuelve loco, el futuro parece más bien un numerito de circo con mal final.
En resumen, o se pone la pasta encima de la mesa o en 2030 seguiremos contando pobres, hambrientos y refugiados como si fuera un partido de fútbol sin gol.