El gobierno de los gringos le retiró este martes el permiso temporal a Irán para vender su crudo negro como si fuera un chaval al que le quitan la paga por tirar piedras a los coches. Resulta que Teherán se puso a disparar proyectiles contra tres petroleros en el Ormuz, incluyendo uno catarí cargado de gas, y Washington decidió que ya estaba bien de tanto numerito.
Un funcionario del Tesoro yanqui soltó la perla sin anestesia: las movidas de Irán fueron “totalmente inaceptables” y ahora van a tener consecuencias. O sea, que el alto el fuego que parecía más frágil que una alianza en un reality de televisión se rompió porque alguien no supo comportarse en el único paso marítimo que importa.
La exención que habían dado en junio permitía a los iraníes producir, vender y repartir su oro negro hasta el 21 de agosto. Pero bastó un par de cañonazos para que todo se fuera al garete. Catar, que intentaba hacer de mediador entre las dos potencias como un suegro cansado de las broncas, también se puso a gritar “inaceptable”. Hasta los monitores marítimos se quedaron mirando el espectáculo como si vieran una pelea de bar en horario de máxima audiencia.
El mismo funcionario recordó que cualquier beneficio para Irán depende de que se porte bien y cumpla las normas de navegación. Traducido: “Si sigues lanzando misiles a los barcos, te quedas sin juguetes”. Aun así, aseguró que los negociadores siguen hablando “de buena fe”, lo que en lenguaje diplomático significa que siguen fingiendo que existe una solución mientras el estrecho sigue siendo el escenario de todos los numeritos.
Al final, el futuro del Ormuz, esa autopista por la que sale casi todo el combustible del Golfo, sigue siendo el hueso que nadie quiere soltar. Porque cuando dos adultos con misiles se pelean por quién controla el grifo, los demás solo podemos mirar desde la orilla y esperar que no se les ocurra apagar la luz a todo el planeta.